viernes, 27 de abril de 2007

CCXCII... Blanka-L.- ¡Agua va!

semana: 20-4-07
tema: Capa y espada.- Formato teatro

ganador: Blanka-L "¡Agua va!"

segundo: Martinidry "EL CANTO DEL ABURRIDO O POR LA GLORIA DE SU MADRE QUE, SALVO EN ESTO, SIEMPRE FUE UNA SANTA."

tercero: Gemmayla "Enredo, carácter, figurón y capay espada en una sola jornada y acto",
y Sonetodecuerda "Por un tintero"



"¡Agua va!"

DON DIEGO.— Hermano, bienvenido sea el calor que hace, tan sofocante, que nos ha traído bajo a bañarnos en este río ameno, en esta poza del molino del pueblo, como cuando éramos niños. Bendito sea el verano.
»Lejos las ropas, allí en aquellas piedras. Mi capa y mi espada, mis sedas, los estrechos borceguíes… Tu hábito asfixiante, la religiosa cogulla, los guantes… Lejos toda costumbre, lejos nuestros cargos mundanos, nuestro rango, nuestros pesados honores; lejos nuestras obligaciones y lejos, muy lejos de nosotros nuestras diferencias y nuestra discusión interminable sobre aquella pecadora mujer, o mujer pecadora que tenemos que juzgar…
»Hermano, deja todo y disfruta del agua y del sol… ¡Fuera esa discusión! ¡Qué alivio!
»Estamos solos, desnudos y el río se lleva lo que la tierra nos añade para burlarse de nosotros, nuestra pequeña y sucia condición manchada de barro. Y esa agua no volverá nunca, así que estamos limpios, somos dos hombres nuevos, los mismos dos queridos hermanos, lejos uno del otro tanto tiempo por los viajes, los estudios, la vida… Ahora somos hombres, pero nos lavamos el pasado y nos quedamos otra vez iguales en condición: niños, sencillos y desnudos, con los ojos limpios.
»Bendita sea la naturaleza y bendito seas tú, que siempre me ganas en estas lides de nadar. ¿Por qué te dio mi padre esos brazos tan largos, y mi madre esa nariz tan importante que sobresale del agua en cualquier circunstancia? ¡Reverendísima nariz la vuestra, reverendo hermano! ¡Dones que me negaron a mí, y así nunca puedo ganar!
EL INQUISIDOR.— ¡Regalos son de Dios! Él te da esta poza del molino para que te serenes y puedas ver su belleza, y así aplicarás Su ley, por encima de todas las cosas, tal como te estoy diciendo desde anoche. ¡Qué discusión tan cansada! ¡Qué ceguera! ¿No ves la providencia divina lo mucho que nos quiere y que nos regala? Es para que veamos un poco de lo mucho que nos tiene reservados y no aflojemos ni un punto así de nuestra obligación de juzgar bien según la Ley Divina.
»Y, por cierto, que aunque vos seáis el menor no es más pequeña vuestra excelente barriga, Su Excelencia. La magistratura le ha sentado de vicio a usarcé, señor hermano, y con esa ventaja en el arte de flotar, veo que me ganáis, que me ganáis sin que yo me dé cuenta. ¡Traidor!
DON DIEGO.— ¡Vive Dios que habéis de probar lo que es la ley de la naturaleza! ¡Agua va!
EL INQUISIDOR.— ¡Pequeño villano! ¡Habéis de rendiros a la Ley de Dios en el tormento! ¡Agua que os torna allá!
DON DIEGO.— ¡Hermano, hermano, tente, espera! ¡Que me ahogas! ¿No oyes como un ruido allá en la orilla? ¿Como una risa?
EL INQUISIDOR.— ¡Ahogaros debíais más aprisa! ¿Qué decís? ¿Qué ruido? No oigo yo nada.
DON DIEGO.— ¡Las ropa! ¡La ropa, hermano mío, hermano mayor, hermano desnudo y desprevenido! Que mientras estábamos los dos aquí hablando de leyes y de divinidades y de dones, ha llegado por el camino alguno más listo y más necesitado que nosotros y nos ha guindado lo que teníamos en pertenencia. ¡Nos lo han quitado todo!
EL INQUISIDOR.— ¡Laus Deo! ¡Ide detrás de él, aprisa, aprisa! Recuperadlo o tendremos que esperar a la noche para salirnos de esta agua tan fría ¡¡¡¡
DON DIEGO.— No me empujéis, buen amigo, que no puede la dignidad de mi magistratura salir corriendo in puribus impunemente por todos los contornos detrás de los mozuelos y los pillos del pueblo.
EL INQUISIDOR.— ¡Oh Dios!
DON DIEGO.— Ese, ese ha debido ser, para nuestro pequeño escarnio y un poco de escarmiento.

viernes, 20 de abril de 2007

CCXCI... Blanka-L.- Aventuras de Mateo

semana: 13-4-07
tema: El escarabajo de oro
ganador: Blanca_L
título: "Aventuras de Mateo"

Esa noche llovía. El concesionario de la Crisler-Paka, todo acero pulido y vidrio azul, estaba ya cerrado y oscuro como la tinta. Las ráfagas de agua lamían la fachada con aburrimiento; allí no había nada entretenido: ni ventanas que abrir con crujidos siniestros, ni balcones donde remansarse y jugar con el barro de las macetas, ni cañerías de desagüe para bajar silbando a cien por hora como un fórmula uno, ni siquiera una triste gárgola de adorno que vomitase con melancolía… Allí sólo había cristales pulidos, y dentro sólo había silencio. Los mecánicos estaban en su casa, las máquinas dormían y callaban, el guarda de noche hacía un solitario en la garita y el gato se divertía jugando con las cucarachas, porque le gustaban mucho las cucarachas: las acechaba, saltaba sobre ellas cuando más descuidadas estaban, las despanzurraba de un zarpazo y se las comía. Buen provecho. Pero en la oficina interior, Mateo el contable trabajaba a toda marcha. Le faltaban cien euros del balance, y sudaba y se afanaba contando hasta con los dedos pero no encontraba el error. Pobre Mateo. Era un hombre mayor, bajito y grueso, con treinta años de trabajo a las espaldas, que las tenía curvadas de tanto estar inclinado sobre la mesa; su pequeña calva aparecía roja de vergüenza, los pelos de la nuca todos erizados y las redondas gafas de oro patrullando arriba y abajo por los papeles en un esfuerzo para ver todos los datos al mismo tiempo. Su trabajo, aquella gorda bola de números de todos los días, era importante para él, no por nada sino por pundonor profesional y porque el dinero era importante. Muy importante. Sí. Un rayo cortó el aire y un ruido horrible sacudió la carcasa de cristales del edificio hasta los cimientos. Mateo se asustó y se puso en pie de un salto. ¿Qué había sido eso? Necesitó un minuto entero para volver a la realidad y darse cuenta de que sólo había sido un trueno. En el silencio asustado que siguió, una moneda se le cayó del bolsillo y tintineó por el suelo. Mateo ya había tenido bastantes pérdidas por esa noche. Gruñó y se agachó deprisa a buscarla. Eran sólo diez céntimos, una pequeña moneda dorada que sorteaba las patas de los muebles, pero el contable correteó detrás con sus piernecitas cortas… y ella se escondió debajo de la mesa con un contoneo burlón
—Plic plic plic —se rió.
El dinero era importante para Mateo. Estaba convencido de que él era una pieza de oro en el sistema económico, y que sus diez céntimos tenían todo el valor de diez céntimos sanos y buenos de pleno significado en el equilibrio de la masa monetaria nacional e internacional… y además se había reído de él… así que se puso a cuatro patas y la persiguió por todo el suelo.
—¡Ven aquí, bribona! —le gritó.
La importancia de la moneda se hacía patente en que cada vez se iba volviendo más grande, más redonda, más dorada… tan grande como un cojín, luego como una rueda de bicicleta…
—¡Te pillaré, sinvergüenza!
Pasaron los dos corriendo por debajo de una silla, por debajo de la mesa, junto al borde de la alfombra, larga como una carretera, mientras que la moneda tenía ya el tamaño de un tonel de bodega…
—¡Cuando te coja, te fundo! —le chilló con vocecita de ratón a la moneda, enorme, enorme, que había tropezado en el umbral metálico de la puerta de la habitación y vacilaba.
Con un último esfuerzo Mateo saltó sobre ella y la empujó, la empujó, hasta que ella perdió la vertical y se cayó arrastrando por el suelo, con él encima como navegando en la arena dorada de una plaza de toros…
—¡Ya te tengo!
Y el gato, que observaba muy atento el nuevo especimen de escarabajo patrón oro, le echó la pata encima y lo atravesó suavemente con su garra central, que era la más afilada, y se lo acercó a los ojos para mirarlo bien, a ver si en definitiva iba a ser comestible, o mejor no.

viernes, 13 de abril de 2007

CCXC... Yuyuwana.- Sonchexuel y la libido de la marrana

semana: 6-4-2007
tema: la Vanidad
ganadora: YUYUWANA
título: Sonchexuel y la libido de la marrana

No es que fuera gran cosa la marrana, aunque había mejorado mucho desde que Marutzi la trajese hasta la granja allá por el mes de abril, pero en los últimos tiempos no dejaba de rondarle por la cabeza que algo iba a suceder. Algo malo, claro. Y esto no los dejaba descansar en paz.
Sonchexuel le preguntaba cada noche antes de dormir a Marutzi como había encontrado los andares de la jamona entre el trigal. Y Marutzi, harta de contestar siempre lo mismo que el día anterior (entendamos: “pues ni bien ni mal, Sonchi, ni demasiado “curá” ni demasiado “engrosá”, pero siempre mu perdía entre el trigá) optaba por un silencio aborregado por mucho que sintiese sus carnes agitadas por el asir y el tirar de su machorro.
Pero como todo el mundo tiene un límite y Marutzi no quería descubrir el suyo, decidió observar detenidamente a la criatura, a ver si realmente le notaba algo extraño en el comportamiento y así encontrarse en razones con Sonchexuel o definitivamente desterrarlo hasta el camastro de la primera habitación de primos, desocupada desde que viniesen los parientes para celebrar difuntos.
Era blanquecita, oblonga pero atonelada, con patas cortas y rastreras terminadas en pezuñas bien formadas. Mirada por delante era concéntrica y reconcentrada, de ojillos de cochino malintencionado y ligeramente fatuo. Por detrás era otra cosa. De andares graciosos, incluso melodiosos con su clip-clop-clip. Lozana y merengadita. ¡Como dos cochinos, vamos!
Dejándose seducir por sus graciosos jamones, la siguió por entre el trigal, plantado y a punto de recolectar, sin que se le adelantase demasiado, por temor a perderla de vista, ni dejándose adelantar, no fuera la desconfiada puerca a pensar que la espiaban…
Fue de tal forma que descubrió en el sembrado vecino, otro cochino como no había igual. Era enorme, como un caballo pequeño, o un mulo, de patas impresionantes y transfiguradotas del lugar por donde hollaban. De porte papal, interesante sin querer aparentarlo, o así se lo pareció a la muy humana Marutzi.
Así de rápido se dio cuenta de los tejemanejes de su marranita, que puerca sería, pero no tonta y si muy hembra.
Aquella noche se lo comentó a Sonchexuel en la cama, antes de que le preguntase nada y para ventura del hombre que chingó cuando esperaba el destierro… Y con lechoncitos para la próxima primavera.
Y a otro lado a joder la marrana.

YUYUWANA 11/04/0719:06

lunes, 9 de abril de 2007

CCLXXXIX... Incongruente1.- Días de Sol (Cursilada)

semana: 31-03-2007
tema: Tema libre
ganador: Incongruente1
Título: Días de sol (Cursilada)


Días de sol pasean por las playas de mi tierra, calentando arena y agua, como en las calendas de agosto; quizás un poco menos. A ratos, cuando alguna simpática nube algo subida de peso, paseando sus voluptuosas formas se cruza por medio, se llega a sentir el fresco, que del mar sopla la brisa y la agradece el cuerpo. Y con el día a mi espalda, pasean el día, las olas del mar, las nubes y hasta este pobre viejo; bueno, yo pasear no paseo, yo recapacito, reflexiono y, a veces, hasta pienso.
Descalzo llevo los pies por si las lenguas del mar les da por lamerme los dedos; y se atreven las muy osadas, no crean, aun faltándome al respeto que edad, bueno, casi como el mar tengo.
Sí, es bonito pasear por las arenas del mar, ya en primavera metidos, viendo al fondo conjuntarse cielo y mar y, aquí en la orilla, viendo las olas, como lenguas lamedoras queriendo besar la luna, subir y caer de nuevo, llena su boca de espuma blanca, de rabia por no conseguir un beso, deslizarse por la orilla escondiendo su vergüenza entre los poros de arena. A veces las ves subir y a la lluvia caer del cielo y en la mitad se saludan como viejos conocidos al volverse a encontrar; unas veces en el mar, otras en el desierto, las menos en montes y valles donde mas se necesitan, para beber, como riego del alimento del cuerpo o, para verlas pasar como ríos de esperanza hacia otros pagos que no tuvieron la suerte de ver llorar al cielo.
Camino despacio, hundiendo los pies en la arena, sabiendo que al volver ya no quedarán huellas de mi deambulante andar que, en el mar, doliente de alzheimer, no ha lugar para recuerdos. El problema, ironías de la vida, es que al volver de mi paseo, mi mente también olvidó lo que pienso. ¿Alzheimer? ¿Despreocupación? ¿Desidia? ¿Aburrimiento?. No lo sé, ni lo sabré, porque cuando ya se ha vivido tanto que los recuerdos no caben en la memoria, la pobre va y se bloquea y, entonces, ni entran nuevas vivencias, ni salen las que están dentro.
Días de tibio sol iluminan mis lentos pasos hasta el horizonte y vuelta. Y en el camino, agua de lluvia y mar, arena húmeda y salitre, aire fresco y poco más; suficientes ingredientes para aliñar las ideas que como un sueño, salen de mi anquilosado cerebro momentáneamente activado por el fuerte olor a vida que desprende el enamorado mar.
¡No pienso que es la tristeza lo que me lleva a escribirlo! Si alguien mirase mi cara, me vería sonriendo porque, la vida con toda su cruel realidad, nunca consiguió entristecer a un hombre que llega a viejo, por edad o por saber, porque los dos se hacen uno en el devenir del tiempo vivido.
Hoy soñaré que fui joven; je je, quizás se cumpla mi sueño.

viernes, 30 de marzo de 2007

CCLXXXVIII... Jmlvfalco.- Gobierno derrocado en el país del ajedrez

semana: 23-3-07
tema: jaque mate
ganador: Jmlvfalco
título: Gobierno derrocado en el país del ajedrez


Crees que todo está previsto, catalogado, presupuestado, inmune al capricho de un destino infausto. Aferras el volante de tu automóvil con presta displicencia, manipulas pedales, palancas e interruptores con la seguridad de un semidiós. Te adentras en el tráfico de Madrid ya avanzada la tarde, cuando el cielo se viste de un violeta casi inverosímil, nacido de la paleta insensata de un pintor aventado, y sorteas obstáculos fijándote apenas en ellos, meras siluetas negruzcas que no frenan tu pensamiento. Tu mujer sale de trabajar y vas a buscarla y empieza a lloviznar, pero circulas liviano, penetrando la noche en ciernes con la suavidad ladina de un alfil blanco, mientras los demás vehículos se mueven como peones desplegados sin sorpresa, en una partida de ajedrez mil veces jugada, cuyos movimientos se repiten con la desmayada cadencia de siempre.
Piensas en el muy próximo nacimiento de tu primer hijo, el ginecólogo no ha detectado inconvenientes. Movimiento de caballo, piensas en la agenda laboral de mañana, la cortas en porciones de tarta perfectamente previsible. Maniobra en flanco de dama, piensas en los pagos de la semana siguiente, tienes que concertar citas con el banco y el notario, ya tenías destinados los honorarios del último seminario a ese menester, no lo piensas más y ejecutas tu enroque. Las luces parecen más centelleantes con el ojo derecho, habrá que revisar esa catarata incipiente, piensas que acaso tengas que operarte en breve, mejor cuando el niño tenga más de seis meses, piensas en qué clínica elegir, se mueven los alfiles enemigos y respondes según lo estipulado, como si un caudal de armonía cósmica te ordenase formar la consabida trama de peones sin más trámite.
Cambio de piezas. Chas, chas. No lo piensas demasiado. Chas, chas, otra vez, circulas más fácil por calles más estrechas, pasado mañana irás a ver a Gabinete Caligari en su bareto, sonríes al imaginarte al solista amigo y desmañado y esta vez pagarás tú los tres cuba-libres que beberéis, pero juras que no te acostarás muy tarde porque al día siguiente tienes guardia. Movimiento de dama, tu dama buscando un cambio inaplazable, el tablero se ensancha y accedes a la Avenida Reina Victoria, tráfico fluido, llueve con algo más de intensidad, ni siquiera conectas el limpiaparabrisas, te quedan tres minutos para llegar y dispones de casi diez. Un semáforo se pone naranja justo cuando lo franqueas, aceleras un poco se diría que por pura costumbre, llegas a setenta kilómetros por hora. No piensas nada hasta que el autobús se te abalanza por la izquierda, como una torre negra monstruosa que perteneciese a otro juego, ni su posición ni su tamaño corresponden con la partida que juegas casi a ciegas.
Un centellazo del cerebro te ordena frenar, con energía, pero sabes que la distancia no es bastante y piensas que la lluvia es canija pero suficiente para que los neumáticos pierdan adherencia, y en verdad se te aparece la imagen nítida del caucho evacuando agua y buscando arañar el asfalto, mientras giras el volante a la derecha, lo necesario para eludir la torre que te amenaza, no tanto como para volcar. Y piensas que el otro chófer sobrepasó un semáforo en rojo, no te ha visto ni sabe de tu existencia, conduce con la misma inercia que tú, en su olimpo lejanísimo. Y transcurre una eternidad de tres segundos en la que entras por primera vez al colegio, atropas verde recién segado y todo huele a cuévano, escribes cartas de amor a varias novias, te abismas en la belleza incomprensible de tu mujer. Y adquieres la certeza de que no habrá más, de que ella seguirá adelante con el niño, como todas las mujeres que han sobrellevado la ausencia física o moral de sus hombres, carceleros o presos de causas dementes. Y justo una milésima antes del impacto contra el autobús, que ya es inevitable, sientes que la muerte te ha dado jaque mate sin darte tiempo a llorar ni arrepentirte, porque ya no vislumbras proyectos ni ganarás otra partida jamás.

miércoles, 28 de marzo de 2007

CCLXXXVII... Sementerio.- Destino alternativo

semana: 16-3-07
tema: Jesús
ganador: Sementerio
título: Destino alternativo

Tengo un dedo de la doctora Mur metido en el culo, dice estar especializada en el aparato digestivo, aún así, me sorprende la decisión y el brío con que lo mueve. Ella tiene el pelo negro, es joven, no muy alta. Lleva bata blanca unisex ceñida al cuerpo con un poco de osadía, guante quirúrgico común de látex untado de vaselina en la mano derecha y en la punta de su nariz respingona resalta el ligero enrojecimiento de una pequeña irritación que en lugar de afearla le da atractivo. A mí me tiene descalzo en posición cuadrúpeda sobre una camilla, jersey oscuro, camisa clara, cabello entrecano escaso y largo recogido en una coleta, calcetines casuales de diseño deportivo comprados en los gimnasios DIR que suelo ocultar dentro de unas botas Panamá Jack altas y gastadas, boxers TN negros a la altura de las rodillas y mi pantalón cuelga de una percha. Su exploración resulta dolorosa y gimo. Poco antes me he quejado del procedimiento, le he dicho que en tal postura y situación se atenta contra la dignidad humana, pero la doctora Mur no parece demasiado preocupada por eso, afirma no ser yo ni el primero ni el último con el que mantiene esta clase de intimidad. No ofrezco resistencia después de la explicación. Sólo hasta que acabe de hurgar, para que todo transcurra de la mejor manera posible, imaginaré que tengo veinte años menos, que no estoy en su consulta y que la doctora Mur y yo nos hemos conocido en una escuela de dominación sado.
El doctor Herrainz es una persona avispada, mayor que yo, tiene los ojos pequeños, pupilas claras y algo mates, luce bata blanca unisex holgada sobre camisa de un discreto color crudo, como la mesa que oculta el resto de su atuendo. Demuestra habilidad para el diagnóstico, después de tres consultas breves y algunas pruebas clínicas, sin saber nada de mí ni haberme tratado en ocasión ninguna, vaticina dos únicas posibilidades para mis dolencias, o bien son causadas por un cáncer, o bien son la consecuencia de un trastorno psíquico. Fui a visitarle porque hace ya bastante tiempo que sufro dolores abdominales de todo tipo y a veces se presentan sangrados cuando planto un pino. Problemas mnemotécnicos sin relación con lo anterior hacen que yo retenga los nombres propios de forma defectuosa, tanto de personas como de lugares. Si no lo tengo apuntado en alguna parte, se me olvida el apellido del doctor Herrainz y recuerdo tan solo que su nombre es Jesús, cosa que provoca confusión en el mostrador de recepción. Jesús, es decir, el doctor Herrainz, quiere descartar la primera posibilidad cuanto antes para pasar a la segunda, que es evidente, y me aconseja acudir a los servicios médicos de urgencia mientras espero la exploración más exhaustiva de un centro clínico.
Camino por la calle abstraído, la mañana es fría, pero el cielo está despejado y brilla el sol. Me distraen el pensamiento dos conductores que están por la labor de matarse entre ellos en un semáforo. Uno ha intentado atropellar al otro cuando éste bajaba a comprobar los desperfectos en su coche tras un pequeño golpe. Los separo, llamo a la policía que se presenta al instante y, tras prestar declaración “in situ”, me largo esperando que los detengan a ambos por tocapelotas. Llego al servicio de urgencias donde me atienden en la entrada con amabilidad y rapidez. La doctora Mur se hace cargo de mí, su interrogatorio es breve y eficaz. Pide que espere en la sala a que me llamen para una extracción de sangre, después meterá su dedo en mi culo y luego me harán unas “placas”. No consigo leer el diario que he comprado por si había demora, miro a los otros pacientes, a uno con el brazo en cabestrillo le custodian tres agentes de la Guardia Civil, hay una mujer tendida sin conocimiento sobre una camilla rodeada de familiares y, algo aparte, una joven ajena a todo llora sin sonido. Cuando acaba conmigo, al despedirme le pregunto a la doctora Mur su nombre a pesar de que lo lleva a la vista prendido en la bata. Magda, titubea ella, pero ya me lo ha dicho.

CCLXXXVI... Sementerio.- Material aparte

semana: 10-3-07
tema: "Nocturno del sol largo"
ganador: Sementerio
título: Material aparte

A veces me visitan sus fantasmas, nunca me cuentan dónde están, sólo aparecen para recordarme que murieron. Quisiera preguntarles si los enterraron como a los tres dedos del Siroco, debajo de un naranjo. Nunca supe el verdadero nombre del Siroco, le llamábamos así por su forma inesperada y rotunda de locura, como la ocasión en que le vi amputar tres dedos de su mano izquierda con un trozo grande de vaso roto, Hice lo posible por impedirlo, pero se defendió tratando de hundir el cristal en mi estómago. Le llevó enseguida la guardia de enfermeros y ahí quedaron tres falanges con su sangre derramada en la mesa. Se las devolvieron más tarde congeladas y así fue como organizamos el funeral. Antonio Aguilera hizo los oficios de sepulturero y a mí me correspondió redactar la homilía en honor a su eterno descanso. El Siroco repartía coca-colas entre todos con su mano sana y a mí me añadió un buen chorro de loción de afeitar para convertir el refresco en un "cubata cojonudo".
A Antonio Aguilera le conocía ya del campamento de reclutas, Él y Abadal Barceló me cuestionaban la existencia, Barceló supo enterarse del barrio donde había nacido yo, le resultaba demasiado elegante para su gusto y me hizo saber que el suyo no lo era tanto. Fue imposible hacerle entender que estaba empadronado aunque ya no vivía en aquella dirección. Por esa causa tenía que sufrir cierto acoso, a mi paso cantaban Escuela De Calor y me preparaban emboscadas en las letrinas con la pretendida intención de golpearme. Antonio Aguilera formaba en la compañía delante de mí y en alguna ocasión tenía vómitos que le obligaban a abandonar las filas. Antes de incorporarse al servicio militar, asaltó un banco sin que le detuvieran por ello y con el dinero pasó un año en Mallorca pensando hacer coincidir el momento en que se acabara el botín con el de su entrada en el Ejército. Esta información me la dio más tarde, por ahora sólo sabía que vino al mundo en un distrito humilde de Málaga.
Cuando Antonio Aguilera ingresó en el pabellón psiquiátrico del hospital militar donde yo mismo había acabado, quedó muy sorprendido al encontrarme en su misma habitación. Le vi yo antes que él a mí, me acerqué por la espalda mientras deshacía el petate y le asusté diciendo ¡uh!. En poco tiempo quedó demostrado que Antonio era más afortunado que yo, él tenía dos novias que venían a visitarle con frecuencia y yo ninguna. Llegó a ofrecerme la compañía de una, mientras se resolvía mi falta amorosa, sin que ninguno me pidiera nada a cambio, acepté el regalo, naturalmente. Le gustaba mucho leer, yo aún no conocía la trilogía del Señor De Los Anillos y él la describió para mí de forma apasionante. También me contó que tenía por costumbre inyectarse cocaína. Antonio decía que yo no me enteraba de nada, que era torpe por mi parte intentar el suicidio con cortes en las muñecas. Eso es "muy jodido y muy tonto", afirmaba, porque así, en cualquier caso, sólo se consigue dolor, y me recomendó el método que ya practicaba ofreciendo su propia jeringuilla, llena gracias a la colaboración de las chicas, para que la usara. Nunca llegué a seguir el consejo, si bien estuve tentado en alguna ocasión. Me salvaban los abrazos de Bel, la novia prestada, siempre colocada, pero también igual de dispuesta a hacer el amor en el jardín del hospital, debajo del árbol donde reposaban los dedos del Siroco.
Sobre todos nosotros se cerraba una noche muy profunda en la que no oscurecía nunca, cualquiera se convertía en un iluminado con pocas palabras. Lo notábamos en las caras, en especial eran los visitantes los que mayor impresión recibían cegados por la brutal luz de nuestra normalidad. Recuerdo a Pablito, el centinela, era posible tirar de su oreja y conseguir aullidos que le hicieron ganar el apodo de La Sirena, llenaban todo el pabellón alertando si se acercaba la oscuridad del día. Su fantasma siempre me pide que hable de él y ninguno de los no mencionado se queja.